El bosque tiene la presencia de la magia. La flor blanca, solitaria. Siento muy mío el espacio pero no puedo caminar mucho y me vuelvo a sentar en un tronco enredado que parece una serpiente inmensa de color gris. "Permanecer y transcurrir" Estoy digiriendo una cosa enorme, un millón de sentimientos sin nombre o uno solo largo, anchísimo, que me recorre. Como la serpiente que se traga un cuerpo demasiado grande. Con lentitud, esa cosa enorme va ensanchando la capacidad contenedora de la serpiente. Una vida. La vida entera, inmensa, indecible.
Cuando logro caminar cada paso aparece en primer plano. Voy donde me llevan los pies terriblemente precisos y sensibles que saben exactamente dónde pisar. Está lleno de espinas pero nunca me pincho. Cada paso es articulado, cuidadoso y nada está asegurado en ningún momento.
Subo hasta la estepa. El sol va cayendo y está casi a punto de esconder su última panzita radiante detrás de la tetas de la nona (así me dijeron que se llaman esos dos picos curvos). La estepa por la que divago es una extensión amarilla a la que le nacen matitas de pelo, ramilletes verde armarillento con pelusas violetas. La ternura es enorme y la luz rosácea es amable y suave como el abrazo de un animal.
Cada tanto un árbol enfermo, como una casa abandonada para las hormigas y los pegotes blancos. Dos espinos terribles, pinchudos, como erizos oscuros armados de crueldad y de belleza, dulces y terroríficos se unen para formar un asiento en forma de corazón. Podría ser un mueble de tortura para Erzebet Bathory.
A cada rato me pregunto, "¿qué pasó acá?", como si hubiera ocurrido alguna catastrofe que dejó una escena terrible recién tendida. Hasta que me encuentro con un espino bebé, otra especie de catastrofe natural, de tallos verde rojizos y espinitas blandas que me llega hasta la rodilla y le toco la cabeza.
Soy espectadora atenta de una ondulación emocional permanente que sube y baja del asombro con una templanza de inteligencia artificial hipersensible, en donde todos los sentimientos que llevan algún nombre se anulan entre sí para dejarme ver. Así debe sentir la curiosidad una Dona Haraway.
Encuentro un círculo ceremonial marcado en el suelo con una especie de liquen verdeagua, escamado y seco, con un tronco seco en el medio como un altar, y por fuera del círculo anillos concéntricos de pasto chamuscado por algún incendio.
Me cuesta un poco irme de todas partes pero sé que me esperan las siguientes locaciones. Otra pradera esteparia que ahora sí llega hasta el horizonte donde ya se escondió el sol del todo, pero queda el último rayo rasante y sostenido con eterno om. Llego a ver la osamente de algún mamífero grande un poco más allá pero elijo pegar la vuelta ante la inminencia de mis patas peladas en la oscuridad.
En mi bosque, de vuelta, aún puedo ver la corteza de los árboles caídos y entre las ramas altas veo a Pame en medio del río mirando una luz que se apaga. La aprensión del bosque que sabe que no voy a volver y se despide soltandome de a poco.
Voy al río, los pies entran en el agua y Pame se da vuelta y me ve. Tiene la cara arrasada por el llanto y ahora se ríe. Me cuenta lo que cree que está sintiendo. Las palabras corren detrás de su relato, ya derrotadas. Habla sabiendo que lo que dice no dice, no logra decir. Todo es demasiado para la lengua pero no para nuestro cuerpo.
Para los sentidos es mucho, pero el cuerpo puede, como la serpiente, tragarse la vida entera, lentamente, dejarse atravesar y perder y dejar ir y cagar un pájaro liviano que planea sobre el río, sobre nosotras, sobre los árboles y la serpiente.
"Desconsuelo", pero no como drama, sino como antídoto.


